Reflexión Rafa Monzón (parte2)

De Sueños, Soledad y Banquillos ( Parte 2)

Siete días eternos. Siempre he pensado que para un entrenador es más difícil vivir el desarrollo de la semana que el partido en si. Cuando ya rueda el balón, durante los 90 minutos, con unas alternativas u otras, todo queda en la mano de los jugadores.

El técnico puede retocar detalles, dar pinceladas sobre la marcha, hacer algún cambio táctico, modificar los términos, pero en esencia, el conjunto del encuentro es patrimonio de los futbolistas. Las horas de preparación del encuentro han quedado atrás, las sesiones de entrenamiento, la charla táctica, el estudio detallado del rival, todo eso cambia en un segundo.

Un error defensivo o un acierto defensivo, hace cambiar todo en un segundo, lo que se preparó con esmero durante siete interminables días salta por los aires para bien o para mal. Siempre he imaginado la angustia que debe generar a un entrenador encajar un gol cuando el cronómetro marca los primeros minutos del choque.

Si un jugador comete un error puntual, se le recordará, pero caerá pronto en el olvido. Y en la siguiente jugada puede incluso pasar de villano a héroe.

En la mayoría de las ocasiones, para un entrenador, un cambio equivocado, una decisión errónea o una duda puntual, supone cargar con la condena durante buena parte de la temporada o, incluso, durante toda su carrera. Se lo recordarán siempre. Conclusión: hay aficiones que hacen muy difícil la vida a los entrenadores y muy fácil la de los futbolistas.

Desamparo ocasional. Los siete días eternos, entre un partido y otro, creo que son parecidos tanto para el entrenador que viene de ganar, como para el que sumó un resultado en contra. El que ganó, porque está obligado a seguir sumando, el que perdió, porque tiene que enderezar el rumbo rápidamente antes de que llegue la tormenta.

Nada se detiene y el entrenador lidia con el día a día; lesionados por recuperar, limar asperezas con la estrella del equipo, pensar en las bajas por sanción, directivos que preguntan y el presidente que llama. Nada nuevo. La misma soledad focalizada en otro momento de la temporada. Es el fútbol en estado puro.

La semana se adereza con las opiniones de los medios de comunicación. Siempre cambiantes, dependiendo del resultado del fin de semana, poco dados a analizar situaciones a largo plazo, propensos a quedarse con la forma y no con el fondo, el técnico sufrirá los ataques despiadados del tiburón cuando huele la sangre. No lo tiene fácil el entrenador. Si atiende, le llamarán filtrador, si calla, será el blanco de las irás.

Si da una entrevista, será atacado por el medio rival, si no la concede a nadie, dirán que un inadaptado. He conocido a los que optaron por aislarse y también a los que se sumaron a la causa de la información, el desenlace de la historia fue el mismo para unos y para otros: acabaron triturados cuando desde el mismo club dieron la orden de aniquilarlos futbolísticamente.

El paciente inglés. Es mi favorito. El modelo inglés tiene muchas cosas que se acercan a lo que siempre pensé que debería ser la relación entre el entrenador y el club. Proyectos largos fabricados a la medida del técnico, porque, los equipos no se construyen en un mes ni una temporada ni en ocasiones en tres campañas.

Paciencia si los resultados no llegan con la celeridad necesaria, temple para aguantar la presión, perseverancia si hay confianza. Es cierto que, en algunos casos, desde la llegada de grandes inversores externos, en la Premier empiezan a cambiar los tiempos y hay ceses precipitados, pero, en la mayoría de los clubes se mantiene la primitiva esencia: entrenador y manager reunidos en el mismo hombre.

Como nada es exportable si no se cree en ello, España e Italia lo entendieron al revés y, desde que alguien acuñó lo de “es más fácil echar a uno que a veintidós”, forjaron su propio modelo. Y, como todo el mundo juzga y conspira alrededor de los clubes para poner o quitar entrenadores según los intereses de cada uno: acabar con la carrera de un técnico y colocar a otro en su puesto, se convirtió en el deporte nacional de la Liga y el Calcio.

Ni siquiera la delicada situación que viven la mayoría de los clubes evita la penosa imagen de equipos convertidos en un desfile permanente de entrenadores con perfiles y filosofías tan dispares que cada temporada acaba en un nada y la siguiente en una vuelta a empezar.

Soledad en medio del tumulto general. He conocido entrenadores que manejaban muy bien la presión de lunes a jueves, pero, cuando llegaba el viernes y, era el momento de hacer la convocatoria para el partido del fin de semana, las dudas les generaban ansiedad y, casi siempre, elegían mal, sin embargo, en el lado puesto, también conocí a otros que la semana sólo era un transito, porque era durante el fin de semana cuando irradiaban felicidad, convivían con soltura con las dificultades y encontraban soluciones para cualquier cosa que el balón les hubiera puesto por delante.

A los dos tipos de entrenador, diametralmente opuestos en el fondo y en la forma, les vi en alguna ocasión pasear su angustia con la mirada en el césped, incluso en el desarrollo de un partido. Puede que en esos momentos tuvieran la ayuda de su equipo de trabajo, aunque me imagino que hasta en esos momentos, el técnico llegar a ha sentirse solo en el universo de un estadio siempre lleno de pasiones y sentimientos contradictorios.

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